Ella también había visto caer al hipopótamo

Un día me di cuenta de que ella también había visto caer al hipopótamo. Lo vi en sus ojos, en esos ojos oscuros como los míos, en esos ojos mate que me hablaban desde el otro lado del cristal opaco. Lo supe porque como a mí, la imagen se le había cauterizado alrededor de la pupila. Eso sin duda ocurre cuando ves al hipopótamo que se desploma.

El hipopótamo pace orondo sobre sus cuatro patas robustas de acero forjado. Late bajo piel, impasible, imposible de derribar. Y sin embargo, de pronto, sin previo aviso, sin un crujido, sin un gruñido, el hipopótamo cede y se derrumba sobre el lodo, delante de los ojos incrédulos de quien, confiado, lo observaba respirar. Ahora aquella mole inmóvil ya no late como latía el hipopótamo. Ahora ahí descansa una roca. Yace inerte en medio de la charca que todavía ondea y recuerda a la mirada sosegada del hipopótamo.

Yo supe al mirarla que también había visto caer al hipopótamo. Sus ojos, como los míos, miraban al frente colmados de un miedo sereno. Son los ojos de quien es consciente de que todo puede derrumbarse, como en un alud, y sedimentarse sobre el mundo que nos sustenta.

Mientras la abrazaba le susurré que como ella, yo también había visto caer al hipopótamo.

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