Fragmento de un relato sin título

“Si permanece bloqueada no fuerce, espere dos minutos más.” Eso decían las instrucciones de un electrodoméstico, pero algunos de nosotros deberíamos llevarlo tatuado en la nuca. Incluso en mis noches lúcidas, darme dos minutos no era suficiente. Había días que necesitaba casi una semana para desbloquearme, supongo que ésa era una de las grandes diferencias entre hombres y máquinas, la dificultad de arreglarnos, la facilidad de estar rotos. Espero que no llegue el día en que vea a mi televisor llorar, todo apagado, sentado en el sofá mirando el hueco que él mismo había dejado en el mueble del salón. Ojalá no encuentre al flexo en el bar, encorvado en su taburete sobre un vaso de güisqui barato, con uno, dos, tres, muchos vasos , deshidratados sufridores, ya vacíos. No quiero verlo emitir una luz amarillenta como la vela que tiembla cerca de la muerte,  con una baba que cae lentamente del cristal epidérmico de la bombilla, que crea sombras débiles,  derretidas, que finalmente termina como un lago denso, un cadáver de tuercas y tornillos, como siempre, frío.

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