Partes

 

Puede que un día finalmente decida dejar de ser una.

 

Saldré entonces a la calle,

desnuda la calle,

desnuda yo,

una mañana azul de invierno

y esperaré inmóvil a que me divida el viento

y sus dientes,

con un tajo limpio,

exacto y simétrico,

que lamerá con su lengua cortante de hielo,

para cerrar al instante mismo,

sin que caiga ninguna gota madura

que funda los raíles de hierro.

 

Y si con dos no bastara,

volveré a buscar un filo al que ofrecer mi cuerpo cálido,

una vez

y otra vez,

para dejar de ser una,

para dejar de ser dos,

para dejar de ser tres.

 

Pero aunque las tuvieras a todas

no serían dos, no serían tres.

Serían sólo la mitad

o tercio,

o la infinitesimal parte de lo que soy,

de lo que fui una vez entera,

conmigo,

sin sierras de viento.

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