Fragmento 4

[...] Esta era la segunda carta que recibía en su vida. La primera le llegó por error, en el correo, un día de primavera, más de veinte años atrás. Era una declaración de amor. La carta que una mujer ardiente y enamorada le dirigía a un hombre que en nada se parecía a él. Se la aprendió de memoria. Y durante años JK soñó con esa mujer. Quiso ponerle un rostro, una voz, un modo de moverse y por mucho tiempo se figuró él el destinatario de la carta, y que en algún lugar lejano una hermosa mujer se alimentaba del recuerdo de sus caricias (un recuerdo futuro, desde luego), esperando el día de su regreso.

La frontera – Todos los peces se llaman Eduardo (Francisco Mora)

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